Habeas Corpus
Los trabajos de remodelación han avanzado mucho. Con los demás vitrales, cualquier lado de este templo, ya con luces ´´habla´´…Los de la pared oeste han venido a terminar esta parte de la obra, y de que modo…Ahora -escoltado por ellos a ambos lados- la tarde parece envolver la enorme escultura del Cristo crucificado, tras el altar, con un glamur de diferentes luces que según el paso del Sol por el firmamento de la tarde, va haciendo caprichosos ceremoniales ante El Señor.
Si. Todos los que de una forma u otra hemos puesto algún grano de arena en este proyecto estamos aquí, igual que hace un tiempo -inexplicablemente- amanecemos ante el Inmenso y Primero, colocado sobre el portón principal, en la fachada del frente, perfectamente orientada al Este.
Todos no somos creyentes, o no lo somos de igual modo. Hasta el párroco está extasiado… las luces. Doy la vuelta en redondo, alta mi vista, mirando tanta imagen avivada con la transparencia coloreada por la luz, a través de los policromados cristales.
He visto vitrales más trabajados y fastuosos, de otros siglos incluso, hechos por los maestros que con secretos dominaban este arte de antaño: los masones. La gracia de estos es ver la sencillez de concepto que ha sido lograda para plasmar las imágenes y los que estas trasmiten. A ello se suman dos proezas: Por una parte, vencer la pobreza y las trabas de este país, para realizar tamaña obra, que parece imposible. La segunda – en este caso para mí es la más importante – que mis amigos – los principales responsables de este logro- no son ni beatos ni vitraleros de antaño: Arquitecto, Profesor de nivel medio y estudiante universitaria es
lo que son.
Hay beatas rezando ante el santo relicario, que guarda la ostia; a lo lejos, arrodillados, otros. Algunos de los que entran -escasos a esta hora de la tarde, entre semana- se persignan, otros no.
Contemplar obras como estas, en un templo ya centenario, es una forma de sentir esa presencia de continuidad enaltecedora de todo un género que bien puede ser- ante todo- muestra palpable de esa fe diáfana e inexplicable que tanto necesitamos para soportar el rudo camino de la convivencia a cualquier escala, razón de choque, en las praderas de lo común, cotidianas e imprescindibles.
Cuando logre teclear esto hoy en la noche -mi costumbre insomne- habré sentido esta paz dolorosa de la misericordia de existir tan mortal y tan pesadamente libre de espíritu, como me siento ahora, rodeado de contemplación y luces.
Tengo mucha suerte; allí estará también mi mujer. Siempre su rostro me entrega benevolencia, porque sabe que a veces no solo me es imposible dormir; tampoco logro vivir- en el mejor sentido- y hay que hacerlo tanto por el resto; por el después que ya nos trajo.
Rubén Artiles Egues.
Santa Clara. Cuba. 2003




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